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Renacentista brasileña - Lina Bo Bardi
Etiquetas: arquitecto, Brasil, Lina Bo Bardi, museoExtraido de: http://www.clarin.com/arq/arquitectura/Renasentista-brasilena_0_667133513.html
Por Federico Ambrosio
20/03/2012
A 20 años del fallecimiento de Lina Bo Bardi, un recorrido a la obra de esta arquitecta que brilló en múltiples facetas creativas.
LINA BO BARDI. La arquitecta falleció a los 78 años en 1992.
El 20 de marzo se cumplieron 20 años del fallecimiento de Lina Bo Bardi. Nacida en Roma el 5 de diciembre de 1914, Achillina Bo se graduó en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Roma en 1939 cuando estallaba lo que luego sería la Segunda Guerra Mundial. Ya como arquitecta y asentada en Milán comenzó su carrera en la oficina de Gio Ponti, director de la revista Domus.
MASP. El edificio del Museo de Arte de San Pablo con sus 70 metros de luz libre sin columnas.
(Fotos: Federico Ambrosio)
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Museu de Arte de São Paulo (1958), en construcción.
Concierto en el Museu de Arte de São Paulo.
Brillante en diversas disciplinas, Lina Bo Bardi se desempeñó intensamente hasta sus últimos días en actividades relacionadas a la cultura. Durante su vida en Brasil y en paralelo con su carrera de arquitecta, se vinculó con el mundo del cine y el teatro, diseñó muebles y joyas, fue escenógrafa y curadora de numerosas exposiciones.
AUTONOMAS. En el SESC las estructuras son independientes y crean distintos espacios.
Ya con la Segunda Guerra en proceso, Lina se desempeñó como periodista de varias publicaciones de renombre entre las que se encontraba la colección de los Quaderni di Domus. Durante esta época con una Europa paralizada por la guerra, Lina dedicó sus horas al estudio y a la escritura y participó del Partico Comunista Clandestino donde se puso en contacto con intelectuales y artistas italianos.
SESC. El complejo cultural se convirtió en un lugar de encuentro para la ciudad de San Pablo.
En el año 1946 recién casada con el periodista Pietro Maria Bardi y con una Europa colapsada por la guerra decidieron viajar a Brasil donde inmediatamente tomó contacto con grandes referentes de la cultura de ese país. En Río de Janeiro nada menos que Lucio Costa, Oscar Niemeyer, y Burle Marx serían los encargados de darles la bienvenida a la tierra carioca. Es ahí donde Lina comienza a escribir un nuevo capitulo de su vida.
RECUPERADO. En 1977 una fabrica se convertía en Centro Cultural
DEPORTE. Un edificio aloja las actividades deportivas del SESC.
Brasil la conmovió, latinoamérica era un terreno fértil de experimentación conceptual para los arquitectos de la modernidad, algo de eso ya había sucedido con Le Corbusier y sus ideas de urbanismo en Sudamérica. Lina decidió naturalizarse como ciudadana brasilera en el año 1951.
Chimenea de antigua fábrica.
Para principios de los años 50, plasmó sus ideas de modernidad en su Casa de Vidrio ubicada en el barrio Morumbi. En 1958 el imponente edificio del Museo de Arte de Sao Paulo (MASP) ya estaba terminado. Una mole de hormigón de 10 mil metros cuadrados que flotaba sobre una gran plaza seca con una luz de 70 metros entre columnas. Con esta obra Lina dejaba claro que la modernidad en Brasil pasaba por sus manos.
Hacia el año 1977 plasmó su compromiso social con la recuperación de los galpones ubicados en Pompeia, un barrio industrial en San Pablo. A cargo del Servicio Social de Comercio de esa ciudad, el emprendimiento se convertiría en un centro de cultura y esparcimiento. El SESC SP en la actualidad es una institución cultural con una presencia activa en la sociedad y la cultura paulista.
Lina Bo Bardi convirtió su sueño en realidad: trabajar hasta el final. Una mujer que adoptó a Brasil como su tierra, una apasionada de la cultura que marcó un camino en medio de la selva para que otros tantos lo refuercen y lo perfeccionen. Una italiana sobreviviente de la guerra que se afincó y se enamoró de esas tierras. Brasil tiene su marca. Latinoamérica entera también, 20 años después.
La presión demográfica amenaza la utopía racionalista de Brasilia
Etiquetas: Brasil, Brasilia, Urbanismo
Extraido de: http://internacional.elpais.com/internacional/2012/03/12/actualidad/1331551663_589330.html
Por: Francesc Relea
Brasilia 12 MAR 2012
La capital brasileña, construida con un diseño revolucionario hace 51 años en medio de la nada, no alcanza a dar servicio a millones de habitantes de las ciudades satélite
En la sede de la Superintendencia del Distrito Federal, que agrupa Brasilia y 29 ciudades satélite de los alrededores, el arquitecto y superintendente [administrador] Alfredo Gastal discute con un grupo de pobladores su situación irregular, que se remonta a más de 40 años atrás, cuando ocuparon los terrenos donde viven. La propiedad de la tierra, la especulación inmobiliaria y el crecimiento desordenado son caras de un mismo problema, que se traduce en una insoportable presión demográfica sobre Brasilia, la capital que nació hace 51 años en medio de la nada, en el corazón del interior profundo de Brasil.
El proyecto de los arquitectos Lúcio Costa y Oscar Niemeyer (que acaba de cumplir 104 años), visionario para unos, utópico para otros, está en peligro ante la avalancha de las fuerzas del mercado inmobiliario, que imponen sus reglas. Son amenazas que padecen otras ciudades jóvenes y revolucionarias, como Chandigarh (India), planeada por Le Corbusier en los años 50, o Abuja, la nueva capital de Nigeria, que nació en 1991 y que está hermanada con Brasilia.
Gastal es un defensor incondicional “de la poesía que hay en el proyecto de Lúcio Costa”, a quien describe como “un humanista influenciado por el movimiento modernista”. Con sus luces y sombras, la obra de Costa y Niemeyer, inaugurada en abril de 1960 bajo la Presidencia de Juscelino Kubitschek, es una apuesta por el orden y la eficiencia urbana, en busca de una convivencia armónica e integrada.
Gastal, arquitecto de profesión y originario de Rio Grande do Sul, llegó a Brasilia en diciembre de 1967. El superintendente explica que el Plan Piloto de la ciudad preveía albergar 500.000 habitantes el año 2000. Esta cifra todavía no se ha alcanzado en lo que es el área protegida de la capital, declarada Patrimonio de la Humanidad en 1987. Las supermanzanas, modelo que estructura el sector de viviendas de Brasilia, según el criterio de Costa, con amplias zonas verdes y todos los servicios incluidos (supermercado, escuela, guardería, iglesia, etc.), la limitación de altura de los edificios de pisos, la configuración de la ciudad por sectores de acuerdo a las funciones de vivienda, trabajo y ocio (bancario, hotelero, hospitalario, diplomático, comercial, diversiones…), el eje monumental (que alberga los tres poderes, Ministerios, Congreso y Tribunal Superior Federal), y las vías rápidas que cruzan la ciudad de Norte a Sur y de Este a Oeste, son elementos originales del proyecto y testimonio de una época de arquitectura de vanguardia.
Pero en 51 años Brasil ha cambiado de cara y la periferia de Brasilia ha crecido de manera desorbitada a partir de algunos núcleos preexistentes, como Taguatinga, o de nueva creación. “El resultado es que tenemos 29 ciudades satélite, con más de dos millones de personas alrededor de una capital que tiene 400.000 habitantes”, dice Gastal. Brasilia y el Distrito Federal, con una superficie de 5.801 kilómetros cuadrados, es el territorio con mayor densidad del país (424 habitantes por kilómetro cuadrado).
Taguatinga (nombre indígena que puede traducirse como barrio blanco), es uno de los principales polos económicos del Distrito Federal, a unos 20 kilómetros del centro de Brasilia. Nacida en julio de 1958, dos años antes que la capital, alberga a más de 250.000 habitantes. Márcio Oliveira nació en Taguatinga en 1978 y pasó muchos años sin salir de esta ciudad satélite. Como otros jóvenes, conoció Brasilia cuando entró en la universidad. A punto de terminar un Master en Economía, Oliveira Silva habla del crecimiento de la capital federal y de la presión del entorno. “Durante mucho tiempo, la ciudad parecía mirar hacia otro lado. Ahora ya no puede disimular más, y Brasilia tiene que enfrentar el problema. Porque todo ha crecido mucho, de manera desorganizada, incluida la violencia”.
La especulación inmobiliaria ha disparado los precios en Brasilia. El apartamento que ocupa Fátima Gomes, empleada pública, estaba en venta por medio millón de reales (227.272 euros), cuando llegó a la ciudad hace cinco años. El vecino del mismo rellano vendió el año pasado su piso, idéntico, por 1,7 millones de reales (773.000 euros). Más del triple en cinco años.
¿Y los pobres? Están en todas las ciudades satélite, aunque cada día son empujados hacia los extremos más periféricos y alejados de la capital federal. Es el precio del crecimiento desordenado. “Los pobres siempre están al margen de la ciudad, no importa dónde esté el margen”, dice Márcio Oliveira.
Las ocupaciones de tierras, la compra “irregular” de terrenos fiscales y posterior venta por parte de grileiros (traficantes), y la especulación pura y dura, son moneda común. Ocurre en Vicente Pires, Samambaia, Sobradinho, Lago Sur, prácticamente en todo el entorno del Distrito Federal. La inseguridad y los índices de violencia son elevados en algunas zonas, pero no se puede comparar el crimen desorganizado en Brasilia con la estructura del crimen organizado en Río de Janeiro o Sao Paulo, subraya Oliveira. En Aguas Lindas, Taguatinga, Ceilândia, Aguas Claras, nombres de ciudades satélite, no hay plazas públicas para el ocio, ni centros de recreo. Solo comercios, negocios y bares.
La explosión demográfica de las ciudades satélite es consecuencia de la enorme cantidad de empleos que genera el Gobierno federal, y del precio de la vivienda, considerablemente más bajo que en Brasilia. La descentralización sería un balón de oxígeno y una alternativa a los crecientes problemas que enfrenta el Distrito Federal, que carece de un servicio de transporte público mínimamente eficiente, lamenta el superintendente Gastal. “Hay una sola línea de metro, que apenas llega a media docena de ciudades satélite, y un número insuficiente de vetustos autobuses”.
Pese a todo, muchos moradores defienden su ciudad. Lúcia Garófalo, directora de la emisora Brasilia Superadio FM, llegó en 1968 procedente del interior del estado de Sao Paulo. “Fue un amor a primera vista. Desde el primer día me pareció una ciudad del futuro. El palacio de Itamaraty, el Congreso, la catedral…”.
En diciembre de 1984, Brasil estaba inmerso en la campaña Direitas já, que exigía la convocatoria de elecciones libres para poner fin a una dictadura militar de 21 años, cuando Ione de Carvalho, directora cultural del Ministerio de Cultura, aterrizó en Brasilia. Había vivido en diversos países. De la ciudad le fascinó “la calidad de vida, la seguridad y la diversidad cultural”.
Fátima Gomes, mitad brasileña, mitad española, tiene sentimientos encontrados: “Es una ciudad organizada, que puede ser inhóspita”, opina. “La gente se relaciona en núcleos cerrados, sean viviendas privadas o clubes sociales. Es una ciudad sin esquinas, sin centro y sin plazas, que hasta finales de los años 90 no tenía semáforos”.
La nueva capital despertó recelos en sus inicios. Las embajadas tardaron en trasladar sus sedes desde la anterior capital, la embriagadora Río de Janeiro, cuya belleza natural era incomparable. España no inauguró la nueva representación hasta mediados de los 70.
Fuera de los circuitos turísticos, la capital brasileña es una gran desconocida. Muchos brasileños no saben ni quieren saber de ella, cuya imagen ha sido sacudida por escándalos de corrupción de sucesivos gobiernos.
Brasilia ya tiene tres generaciones de habitantes nacidos en la ciudad, pero los originarios de otros Estados son todavía una ligera mayoría. Son los que se quedaron, como Alfredo Gastal, que llegó para un proyecto de construcción civil. En los primeros años, muchos pobladores estaban de paso. “Mi contrato tenía una cláusula que me permitía viajar a Río cada 15 días a cargo de la empresa. Tenía 27 años, hoy tengo 71. Usé esta cláusula durante ocho meses. Esto ha cambiado mucho, la gran mayoría de funcionarios se queda en la ciudad. Solo los políticos que dependen de los votantes de su Estado se marchan los fines de semana”.
Por: Francesc Relea
Brasilia 12 MAR 2012
La capital brasileña, construida con un diseño revolucionario hace 51 años en medio de la nada, no alcanza a dar servicio a millones de habitantes de las ciudades satélite
Centro gubernamental de Brasilia.
En la sede de la Superintendencia del Distrito Federal, que agrupa Brasilia y 29 ciudades satélite de los alrededores, el arquitecto y superintendente [administrador] Alfredo Gastal discute con un grupo de pobladores su situación irregular, que se remonta a más de 40 años atrás, cuando ocuparon los terrenos donde viven. La propiedad de la tierra, la especulación inmobiliaria y el crecimiento desordenado son caras de un mismo problema, que se traduce en una insoportable presión demográfica sobre Brasilia, la capital que nació hace 51 años en medio de la nada, en el corazón del interior profundo de Brasil.
Emplazamiento de la ciudad.
El proyecto de los arquitectos Lúcio Costa y Oscar Niemeyer (que acaba de cumplir 104 años), visionario para unos, utópico para otros, está en peligro ante la avalancha de las fuerzas del mercado inmobiliario, que imponen sus reglas. Son amenazas que padecen otras ciudades jóvenes y revolucionarias, como Chandigarh (India), planeada por Le Corbusier en los años 50, o Abuja, la nueva capital de Nigeria, que nació en 1991 y que está hermanada con Brasilia.
Edificio público en Chandigarh, diseñado por Le Corbusier.
Gastal es un defensor incondicional “de la poesía que hay en el proyecto de Lúcio Costa”, a quien describe como “un humanista influenciado por el movimiento modernista”. Con sus luces y sombras, la obra de Costa y Niemeyer, inaugurada en abril de 1960 bajo la Presidencia de Juscelino Kubitschek, es una apuesta por el orden y la eficiencia urbana, en busca de una convivencia armónica e integrada.
Gastal, arquitecto de profesión y originario de Rio Grande do Sul, llegó a Brasilia en diciembre de 1967. El superintendente explica que el Plan Piloto de la ciudad preveía albergar 500.000 habitantes el año 2000. Esta cifra todavía no se ha alcanzado en lo que es el área protegida de la capital, declarada Patrimonio de la Humanidad en 1987. Las supermanzanas, modelo que estructura el sector de viviendas de Brasilia, según el criterio de Costa, con amplias zonas verdes y todos los servicios incluidos (supermercado, escuela, guardería, iglesia, etc.), la limitación de altura de los edificios de pisos, la configuración de la ciudad por sectores de acuerdo a las funciones de vivienda, trabajo y ocio (bancario, hotelero, hospitalario, diplomático, comercial, diversiones…), el eje monumental (que alberga los tres poderes, Ministerios, Congreso y Tribunal Superior Federal), y las vías rápidas que cruzan la ciudad de Norte a Sur y de Este a Oeste, son elementos originales del proyecto y testimonio de una época de arquitectura de vanguardia.
Pero en 51 años Brasil ha cambiado de cara y la periferia de Brasilia ha crecido de manera desorbitada a partir de algunos núcleos preexistentes, como Taguatinga, o de nueva creación. “El resultado es que tenemos 29 ciudades satélite, con más de dos millones de personas alrededor de una capital que tiene 400.000 habitantes”, dice Gastal. Brasilia y el Distrito Federal, con una superficie de 5.801 kilómetros cuadrados, es el territorio con mayor densidad del país (424 habitantes por kilómetro cuadrado).
Taguatinga (nombre indígena que puede traducirse como barrio blanco), es uno de los principales polos económicos del Distrito Federal, a unos 20 kilómetros del centro de Brasilia. Nacida en julio de 1958, dos años antes que la capital, alberga a más de 250.000 habitantes. Márcio Oliveira nació en Taguatinga en 1978 y pasó muchos años sin salir de esta ciudad satélite. Como otros jóvenes, conoció Brasilia cuando entró en la universidad. A punto de terminar un Master en Economía, Oliveira Silva habla del crecimiento de la capital federal y de la presión del entorno. “Durante mucho tiempo, la ciudad parecía mirar hacia otro lado. Ahora ya no puede disimular más, y Brasilia tiene que enfrentar el problema. Porque todo ha crecido mucho, de manera desorganizada, incluida la violencia”.
La especulación inmobiliaria ha disparado los precios en Brasilia. El apartamento que ocupa Fátima Gomes, empleada pública, estaba en venta por medio millón de reales (227.272 euros), cuando llegó a la ciudad hace cinco años. El vecino del mismo rellano vendió el año pasado su piso, idéntico, por 1,7 millones de reales (773.000 euros). Más del triple en cinco años.
¿Y los pobres? Están en todas las ciudades satélite, aunque cada día son empujados hacia los extremos más periféricos y alejados de la capital federal. Es el precio del crecimiento desordenado. “Los pobres siempre están al margen de la ciudad, no importa dónde esté el margen”, dice Márcio Oliveira.
Las ocupaciones de tierras, la compra “irregular” de terrenos fiscales y posterior venta por parte de grileiros (traficantes), y la especulación pura y dura, son moneda común. Ocurre en Vicente Pires, Samambaia, Sobradinho, Lago Sur, prácticamente en todo el entorno del Distrito Federal. La inseguridad y los índices de violencia son elevados en algunas zonas, pero no se puede comparar el crimen desorganizado en Brasilia con la estructura del crimen organizado en Río de Janeiro o Sao Paulo, subraya Oliveira. En Aguas Lindas, Taguatinga, Ceilândia, Aguas Claras, nombres de ciudades satélite, no hay plazas públicas para el ocio, ni centros de recreo. Solo comercios, negocios y bares.
La explosión demográfica de las ciudades satélite es consecuencia de la enorme cantidad de empleos que genera el Gobierno federal, y del precio de la vivienda, considerablemente más bajo que en Brasilia. La descentralización sería un balón de oxígeno y una alternativa a los crecientes problemas que enfrenta el Distrito Federal, que carece de un servicio de transporte público mínimamente eficiente, lamenta el superintendente Gastal. “Hay una sola línea de metro, que apenas llega a media docena de ciudades satélite, y un número insuficiente de vetustos autobuses”.
Pese a todo, muchos moradores defienden su ciudad. Lúcia Garófalo, directora de la emisora Brasilia Superadio FM, llegó en 1968 procedente del interior del estado de Sao Paulo. “Fue un amor a primera vista. Desde el primer día me pareció una ciudad del futuro. El palacio de Itamaraty, el Congreso, la catedral…”.
En diciembre de 1984, Brasil estaba inmerso en la campaña Direitas já, que exigía la convocatoria de elecciones libres para poner fin a una dictadura militar de 21 años, cuando Ione de Carvalho, directora cultural del Ministerio de Cultura, aterrizó en Brasilia. Había vivido en diversos países. De la ciudad le fascinó “la calidad de vida, la seguridad y la diversidad cultural”.
Fátima Gomes, mitad brasileña, mitad española, tiene sentimientos encontrados: “Es una ciudad organizada, que puede ser inhóspita”, opina. “La gente se relaciona en núcleos cerrados, sean viviendas privadas o clubes sociales. Es una ciudad sin esquinas, sin centro y sin plazas, que hasta finales de los años 90 no tenía semáforos”.
La nueva capital despertó recelos en sus inicios. Las embajadas tardaron en trasladar sus sedes desde la anterior capital, la embriagadora Río de Janeiro, cuya belleza natural era incomparable. España no inauguró la nueva representación hasta mediados de los 70.
Fuera de los circuitos turísticos, la capital brasileña es una gran desconocida. Muchos brasileños no saben ni quieren saber de ella, cuya imagen ha sido sacudida por escándalos de corrupción de sucesivos gobiernos.
Brasilia ya tiene tres generaciones de habitantes nacidos en la ciudad, pero los originarios de otros Estados son todavía una ligera mayoría. Son los que se quedaron, como Alfredo Gastal, que llegó para un proyecto de construcción civil. En los primeros años, muchos pobladores estaban de paso. “Mi contrato tenía una cláusula que me permitía viajar a Río cada 15 días a cargo de la empresa. Tenía 27 años, hoy tengo 71. Usé esta cláusula durante ocho meses. Esto ha cambiado mucho, la gran mayoría de funcionarios se queda en la ciudad. Solo los políticos que dependen de los votantes de su Estado se marchan los fines de semana”.
Edificios que curan
Etiquetas: Alvar Aalto, Brasil, Frank Gehry, hospitales, Lelé, Michael Murphy, Rwanda, Zaha Hadid
Extrahido de http://cultura.elpais.com/cultura/2012/02/03/actualidad/1328271824_978563.html
Por Anatxu Zabalbeascoa 3 FEB 2012
Ver árboles y no agotarse por los pasillos, convalecer en un espacio doméstico en vez de encerrarse en un hospital. Muchos proyectistas, como Alvar Aalto en Finlandia y Lelé en Brasil, investigan la relación entre la salud y el diseño de las clínicas.
Sanatorio de Paimio, Alvar Aalto.
La azotea del sanatorio de Paimio, en Finlandia, no se podría construir hoy. No cumple la normativa. Su barandilla es demasiado baja y algún niño despistado podría caerse. Pero hace casi un siglo, en 1929, el arquitecto Alvar Aalto la ideó para alegrar la vida de los tuberculosos que, tumbados en sus hamacas y embutidos en forros de lana, respiraban allí aire puro, trataban de capturar el calor de algún rayo de sol y contemplaban un horizonte de pinos sin que una barrera les estropeara las vistas. Paimio es el edificio más racionalista del arquitecto finlandés. Todavía hoy, con la tuberculosis erradicada, resulta ejemplar. Es un monumento al cuidado y respeto por los pacientes y una carta abierta para mejorar la vida en un lugar en el que habitualmente se respira preocupación, tristeza y mucho miedo.
Terraza del sanatorio de Paimio, Alvar Aalto.
La arquitectura no cura. Pero puede alegrar la vida. Han sido muchos los proyectistas empeñados en investigar la relación entre la buena salud y la orientación, distribución, ubicación y hasta decoración de los edificios. Al mismo tiempo que Aalto completaba su hospital, en Los Ángeles, Richard Neutra construía la casa para un médico naturópata, el doctor Philip Lowell. En 1954, el arquitecto escribió un libro, Survival through design, que recogía el ideario de su arquitectura. Tomaba como centro a las personas y trataba de luchar contra la irritante amenaza que suponía la construcción que atenta contra la vitalidad. En síntesis, el libro abogaba por recuperar la relación con la naturaleza. Y esa idea es, en realidad, la base de la mayoría de las prácticas que defienden la existencia de una arquitectura curativa, más humana y mejor integrada en el medio.
Hasta tal punto existe esa creencia que la arquitecta Beatriz Colomina sostiene, desde sus clases en la Universidad de Princeton, que la arquitectura moderna era entendida como un equipo médico "para proteger, y mejorar, el cuerpo". Colomina ha argumentado que fue la tuberculosis precisamente la que decidió el aspecto y las formas de la arquitectura racionalista de los años veinte y treinta. Y cree que en ese ideario purista resultó clave la obsesión médica de ese momento: "Los vanguardistas de las primeras décadas del siglo XX presentaron su nueva arquitectura como un instrumento que induce a la salud". Colomina apunta incluso que la transparencia en la arquitectura moderna estaba directamente relacionada con la tecnología médica para explorar el cuerpo -las máquinas de rayos X-, pero más allá del blanco aséptico y de las transparencias, que nada ocultan, quedan los colores de edificios excepcionales, como el sanatorio de Paimio. En Finlandia hay poco sol, pero Alvar Aalto lo pintó en el pavimento amarillo de la escalera de su hospital, junto a los grandes ventanales que dejan pasar la luz y en las paredes de todo el recorrido que debían seguir diariamente los pacientes. Cuando la penicilina no había sido descubierta, la única cura para los enfermos de pulmón era así de sencilla y así de difícil en países en los que nieva todo el invierno: aire fresco, sol y ejercicio suave. La escalera de Aalto concentra toda esa medicina. Además de los brillos amarillos, los peldaños son bajos, como los pomos de las puertas ergonómicos para que abrir una puerta no suponga un esfuerzo. Para que un enfermo no se convierta, automáticamente, en un inútil.
Hospital Sarah Kubitschek, Rio de Janeiro. Lelé.
El rechazo a la actitud pasiva, a tratar a los enfermos como si nada se esperara ya de ellos, está prohibido en los centros Sarah. En la otra cara del mundo, en Brasil, Lelé, el arquitecto carioca João Filgueiras Lima, lleva una década proyectando hospitales que llevan ese nombre. Hoy, la red de centros públicos para víctimas de politraumatismos y enfermos con parálisis faciales o espina bífida se extiende a varios Estados. Las clínicas llevan el nombre de la que fuera primera dama de ese país, Sarah Kubitschek, en la época en la que se fundó Brasilia, en 1960. Lelé ha sido un profesor inolvidable y un magnífico arquitecto empeñado en desarrollar la prefabricación del hormigón para construir magníficos, sencillos, eficaces y humanos hospitales.
Las terapias de los centros Sarah, que rechazan el conformismo, enseñan a convivir con las enfermedades y admiten la presencia de los familiares, ayudan a que los pacientes se esfuercen en sonreír, pero son los jardines, los amplios espacios, las terrazas y las pasarelas ventiladas e iluminadas las que hacen que los enfermos tengan una vida alegre, una cotidianidad con vistas y lleguen a recuperar la ilusión. "El que quiera proyectar un hospital debería pasar tres meses con Lelé". La frase es de Oscar Niemeyer. Los hospitales de Filgueiras Lima tienen árboles y cables. Son prefabricados, pero humanos. Se trata de una arquitectura económica y, sin embargo, cercana. Lelé sabe construir. Ese es su secreto. Tras viajar por Polonia, Rusia y la antigua Checoslovaquia para estudiar sistemas de prefabricados durante los años sesenta, ideó un método que emplea placas de hormigón de escasísimo espesor (apenas cuatro centímetros) para luego poder domarlo y, dulcemente, moldear sus formas . Así, tiene tanta fe en la arquitectura como para idear edificios abiertos y sinuosos para quienes apenas pueden moverse.
El centro Maggie Ninewells Hospital, en Dundee (Escocia), un diseño donado por Frank Gehry.
Hay más hospitales pensados para ayudar a motivar a los pacientes. Y algunos de ellos también tienen nombre de mujer. Los centros Maggie comenzaron a construirse en Reino Unido hace quince años. Un poco antes, la paisajista Maggie Keswick Jencks supo que un cáncer de pecho se había extendido a sus huesos. Murió en 1995, pero durante su tratamiento ideó los croquis de un lugar en el que poder vivir mejor estando mal. Quiso dejar una herencia a los futuros pacientes de su enfermedad para evitar que pasaran por la penuria de las salas oncológicas. Su idea era que los convalecientes se sintieran personas delante de un jardín, preparándose un té en una cocina o leyendo en un rincón de un salón que parece, porque lo es, una casa de verdad. Su marido, el arquitecto Charles Jencks, la apoyó. Y hoy existen nueve centros en Reino Unido que se ajustan a lo que Maggie quiso dejar: un lugar en el que poder convivir con el cáncer y más allá de él. Las familias y los amigos son bienvenidos en esos pabellones. La idea combina ayuda profesional, respaldo comunitario y arquitectura de primera línea. Pero hay algo más. Nada cuesta dinero en los centros Maggie. Un lugar en el que poder olvidar los costes ciertamente parece acercarse al paraíso.
Exterior del centro Maggie de Nottingham, obra de Piers Gough.
En la actualidad son muchos los arquitectos que como Frank Gehry, Zaha Hadid, Richard Rogers o Rem Koolhaas han donado sus diseños para levantar un centro Maggie en el que hacer más llevaderos los malos tragos de los enfermos oncológicos. Calidez, vistas, privacidad y trato humano son algunas de las claves de unos edificios nacidos de una arquitectura que celebra la vida en lugar de protegerla como si fuera algo con los días contados. La iniciativa ha crecido y hoy la institución anuncia la próxima apertura de un centro en Hong Kong.
Centro Maggie, Hospital de Kirkcaldy, Five, Escocia, Zaha Hadid.
La democracia de la enfermedad hace que desde la escasez de África se entienda perfectamente ese idioma de ánimo y renovación. Aunque allí los problemas sean otros. Y las curas, también. El arquitecto Michael Murphy es idealista. Ha encontrado motivos para serlo. Estudiaba en la escuela de diseño de Harvard cuando decidió ofrecer sus servicios a comunidades en las que la arquitectura pudiera transformar la vida de la gente. Fue un encuentro con el médico Paul Farmer, de la asociación Partners in Health, lo que le dio la idea. Ya graduado, fundó el estudio Mass Design Group y, con la ayuda de la Facultad de Medicina de su Universidad, diseñó el hospital de Butaro, en Ruanda. El objetivo inicial era curar a pacientes con enfermedades contagiosas, pero el edificio ha contribuido también a aliviar la pobreza de la zona.
Hospital Butaro, Rwanda, Michael Murphy.
En Ruanda, Murphy entendió que tan fundamental como curar era construir un ejemplo. Además de un hospital, la clínica debía ser una vía de futuro. Hoy allí se trata a los enfermos, pero el sanatorio también se ha convertido en un generador de puestos de trabajo. La cura que puede relacionarse con la arquitectura obedece a métodos sencillos: no hay pasillos (en los que se produce buena parte de los contagios) y la circulación perimetral, por galerías que rodean el hospital, consigue ventilación natural. Hoy los pacientes miran hacia el paisaje a través de grandes ventanales protegidos del sol por esa galería perimetral. Colores, en lugar de carteles, indican las zonas de acceso prohibido. La vida allí permite esperar algo del futuro. Así lo han entendido los socios de Mass Design Group, un estudio de Boston que tras pasar por Butaro ha seguido trabajando en África. Han diseñado un hospital para mujeres en Burundi y han extendido su ideario, y sus edificios, hasta Haití. Allí levantarán el hospital Gheskio para enfermos de tuberculosis. Saben que la arquitectura no cura, pero están convencidos de que cierto diseño y ciertos proyectos mejoran la vida.
Pagina del studio Mass: http://www.massdesigngroup.org/index.html
Por Anatxu Zabalbeascoa 3 FEB 2012
Ver árboles y no agotarse por los pasillos, convalecer en un espacio doméstico en vez de encerrarse en un hospital. Muchos proyectistas, como Alvar Aalto en Finlandia y Lelé en Brasil, investigan la relación entre la salud y el diseño de las clínicas.
Sanatorio de Paimio, Alvar Aalto.
La azotea del sanatorio de Paimio, en Finlandia, no se podría construir hoy. No cumple la normativa. Su barandilla es demasiado baja y algún niño despistado podría caerse. Pero hace casi un siglo, en 1929, el arquitecto Alvar Aalto la ideó para alegrar la vida de los tuberculosos que, tumbados en sus hamacas y embutidos en forros de lana, respiraban allí aire puro, trataban de capturar el calor de algún rayo de sol y contemplaban un horizonte de pinos sin que una barrera les estropeara las vistas. Paimio es el edificio más racionalista del arquitecto finlandés. Todavía hoy, con la tuberculosis erradicada, resulta ejemplar. Es un monumento al cuidado y respeto por los pacientes y una carta abierta para mejorar la vida en un lugar en el que habitualmente se respira preocupación, tristeza y mucho miedo.
Terraza del sanatorio de Paimio, Alvar Aalto.
La arquitectura no cura. Pero puede alegrar la vida. Han sido muchos los proyectistas empeñados en investigar la relación entre la buena salud y la orientación, distribución, ubicación y hasta decoración de los edificios. Al mismo tiempo que Aalto completaba su hospital, en Los Ángeles, Richard Neutra construía la casa para un médico naturópata, el doctor Philip Lowell. En 1954, el arquitecto escribió un libro, Survival through design, que recogía el ideario de su arquitectura. Tomaba como centro a las personas y trataba de luchar contra la irritante amenaza que suponía la construcción que atenta contra la vitalidad. En síntesis, el libro abogaba por recuperar la relación con la naturaleza. Y esa idea es, en realidad, la base de la mayoría de las prácticas que defienden la existencia de una arquitectura curativa, más humana y mejor integrada en el medio.
Hasta tal punto existe esa creencia que la arquitecta Beatriz Colomina sostiene, desde sus clases en la Universidad de Princeton, que la arquitectura moderna era entendida como un equipo médico "para proteger, y mejorar, el cuerpo". Colomina ha argumentado que fue la tuberculosis precisamente la que decidió el aspecto y las formas de la arquitectura racionalista de los años veinte y treinta. Y cree que en ese ideario purista resultó clave la obsesión médica de ese momento: "Los vanguardistas de las primeras décadas del siglo XX presentaron su nueva arquitectura como un instrumento que induce a la salud". Colomina apunta incluso que la transparencia en la arquitectura moderna estaba directamente relacionada con la tecnología médica para explorar el cuerpo -las máquinas de rayos X-, pero más allá del blanco aséptico y de las transparencias, que nada ocultan, quedan los colores de edificios excepcionales, como el sanatorio de Paimio. En Finlandia hay poco sol, pero Alvar Aalto lo pintó en el pavimento amarillo de la escalera de su hospital, junto a los grandes ventanales que dejan pasar la luz y en las paredes de todo el recorrido que debían seguir diariamente los pacientes. Cuando la penicilina no había sido descubierta, la única cura para los enfermos de pulmón era así de sencilla y así de difícil en países en los que nieva todo el invierno: aire fresco, sol y ejercicio suave. La escalera de Aalto concentra toda esa medicina. Además de los brillos amarillos, los peldaños son bajos, como los pomos de las puertas ergonómicos para que abrir una puerta no suponga un esfuerzo. Para que un enfermo no se convierta, automáticamente, en un inútil.
Hospital Sarah Kubitschek, Rio de Janeiro. Lelé.
Las terapias de los centros Sarah, que rechazan el conformismo, enseñan a convivir con las enfermedades y admiten la presencia de los familiares, ayudan a que los pacientes se esfuercen en sonreír, pero son los jardines, los amplios espacios, las terrazas y las pasarelas ventiladas e iluminadas las que hacen que los enfermos tengan una vida alegre, una cotidianidad con vistas y lleguen a recuperar la ilusión. "El que quiera proyectar un hospital debería pasar tres meses con Lelé". La frase es de Oscar Niemeyer. Los hospitales de Filgueiras Lima tienen árboles y cables. Son prefabricados, pero humanos. Se trata de una arquitectura económica y, sin embargo, cercana. Lelé sabe construir. Ese es su secreto. Tras viajar por Polonia, Rusia y la antigua Checoslovaquia para estudiar sistemas de prefabricados durante los años sesenta, ideó un método que emplea placas de hormigón de escasísimo espesor (apenas cuatro centímetros) para luego poder domarlo y, dulcemente, moldear sus formas . Así, tiene tanta fe en la arquitectura como para idear edificios abiertos y sinuosos para quienes apenas pueden moverse.
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La red de hospitales Sarah tiene sedes en Macapá, Salvador, Recife, Curitiba, Fortaleza, Belo Horizonte, Río o São Luís Maranhão. Y en ellos el arquitecto carioca -a punto de cumplir 80 años- está presente en todo: desde las camas móviles de los pacientes hasta la ausencia de aire acondicionado (emplea un sistema de ventilación cruzada). Convencido de que con pocos medios se puede conseguir una arquitectura estimulante, el arquitecto vive volcado en sus hospitales. El último fue construido hace tres años cerca de la laguna de Jacarepaguá de Río de Janeiro.
Hay más hospitales pensados para ayudar a motivar a los pacientes. Y algunos de ellos también tienen nombre de mujer. Los centros Maggie comenzaron a construirse en Reino Unido hace quince años. Un poco antes, la paisajista Maggie Keswick Jencks supo que un cáncer de pecho se había extendido a sus huesos. Murió en 1995, pero durante su tratamiento ideó los croquis de un lugar en el que poder vivir mejor estando mal. Quiso dejar una herencia a los futuros pacientes de su enfermedad para evitar que pasaran por la penuria de las salas oncológicas. Su idea era que los convalecientes se sintieran personas delante de un jardín, preparándose un té en una cocina o leyendo en un rincón de un salón que parece, porque lo es, una casa de verdad. Su marido, el arquitecto Charles Jencks, la apoyó. Y hoy existen nueve centros en Reino Unido que se ajustan a lo que Maggie quiso dejar: un lugar en el que poder convivir con el cáncer y más allá de él. Las familias y los amigos son bienvenidos en esos pabellones. La idea combina ayuda profesional, respaldo comunitario y arquitectura de primera línea. Pero hay algo más. Nada cuesta dinero en los centros Maggie. Un lugar en el que poder olvidar los costes ciertamente parece acercarse al paraíso.
Exterior del centro Maggie de Nottingham, obra de Piers Gough.
En la actualidad son muchos los arquitectos que como Frank Gehry, Zaha Hadid, Richard Rogers o Rem Koolhaas han donado sus diseños para levantar un centro Maggie en el que hacer más llevaderos los malos tragos de los enfermos oncológicos. Calidez, vistas, privacidad y trato humano son algunas de las claves de unos edificios nacidos de una arquitectura que celebra la vida en lugar de protegerla como si fuera algo con los días contados. La iniciativa ha crecido y hoy la institución anuncia la próxima apertura de un centro en Hong Kong.
Centro Maggie, Hospital de Kirkcaldy, Five, Escocia, Zaha Hadid.
La democracia de la enfermedad hace que desde la escasez de África se entienda perfectamente ese idioma de ánimo y renovación. Aunque allí los problemas sean otros. Y las curas, también. El arquitecto Michael Murphy es idealista. Ha encontrado motivos para serlo. Estudiaba en la escuela de diseño de Harvard cuando decidió ofrecer sus servicios a comunidades en las que la arquitectura pudiera transformar la vida de la gente. Fue un encuentro con el médico Paul Farmer, de la asociación Partners in Health, lo que le dio la idea. Ya graduado, fundó el estudio Mass Design Group y, con la ayuda de la Facultad de Medicina de su Universidad, diseñó el hospital de Butaro, en Ruanda. El objetivo inicial era curar a pacientes con enfermedades contagiosas, pero el edificio ha contribuido también a aliviar la pobreza de la zona.
Hospital Butaro, Rwanda, Michael Murphy.
En Ruanda, Murphy entendió que tan fundamental como curar era construir un ejemplo. Además de un hospital, la clínica debía ser una vía de futuro. Hoy allí se trata a los enfermos, pero el sanatorio también se ha convertido en un generador de puestos de trabajo. La cura que puede relacionarse con la arquitectura obedece a métodos sencillos: no hay pasillos (en los que se produce buena parte de los contagios) y la circulación perimetral, por galerías que rodean el hospital, consigue ventilación natural. Hoy los pacientes miran hacia el paisaje a través de grandes ventanales protegidos del sol por esa galería perimetral. Colores, en lugar de carteles, indican las zonas de acceso prohibido. La vida allí permite esperar algo del futuro. Así lo han entendido los socios de Mass Design Group, un estudio de Boston que tras pasar por Butaro ha seguido trabajando en África. Han diseñado un hospital para mujeres en Burundi y han extendido su ideario, y sus edificios, hasta Haití. Allí levantarán el hospital Gheskio para enfermos de tuberculosis. Saben que la arquitectura no cura, pero están convencidos de que cierto diseño y ciertos proyectos mejoran la vida.
Pagina del studio Mass: http://www.massdesigngroup.org/index.html
Jaime Lerner en Buenos Aires
Etiquetas: Brasil, ciudad, Curitiba, Jaime Lerner
La ciudad no es el problema, sino la solución
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